Cuando planificamos una herencia, pensamos naturalmente en propiedades, cuentas bancarias, empresas. Pero hoy una parte cada vez más grande de lo que cada uno construyó — su dinero, su identidad, su obra, sus recuerdos — vive en plataformas digitales, protegida por contraseñas que nadie más conoce.
Sin planificación, esas cuentas quedan bloqueadas. Hay activos con valor económico real que se pierden, no porque nadie tenga derecho a ellos, sino porque nadie tiene acceso. Y hay algo todavía más difícil de recuperar: las fotos, los mensajes, el contenido que una familia querría conservar y no sabe cómo.
De eso se ocupa Herencia Digital.
No planificar el patrimonio digital no es una omisión menor: significa dejar en manos del azar — o directamente perder — algo que puede tener valor económico real, y algo que casi siempre tiene valor afectivo insustituible. Ordenarlo a tiempo es una forma más de cuidar a quienes vienen después.